9.3.07

El otoño del patriarca, por Diego Barovero




Cumple ochenta años Raúl Ricardo Alfonsín. Una cifra redonda de esas que suelen ser celebradas con mayor pompa y que también actúan como disparador de homenajes y hagiografías, como si los anteriores setenta y nueve tuvieran menos importancia.

Ello no obstante, no es posible sustraerse a la tentación de ensayar unas líneas acerca de la significación de la personalidad de este singular abogado de Chascomús, radical visceral que recorrió todo el cursus honorum de la vida partidaria y también en materia de cargos de representación pública, desde concejal en su ciudad natal, hasta la presidencia de la República.

Observadores y analistas, correligionarios y adversarios políticos aún se preguntan y suelen efectuar disquisiciones respecto de la permanente vigencia de este “zoon politikon”. Incluso cómo, luego de aquél accidente a la vera de una ruta en las cercanías de un casi desconocido paraje que casi le cuesta la vida y del que emergió gracias a una recuperación milagrosa, ha sido posible que la misma gente que en su momento lo repudió y no le perdonó la traumática situación de crisis – en rigor de verdad, no imputable en forma exclusiva a su administración - en que debió transmitir el mando a su sucesor, haya vivido con angustia las circunstancias de aquél siniestro y haya expresado su júbilo al saberse que el viejo líder estaba fuera de peligro.

Quizá la cuestión radique en reducir a esquemas puramente racionales aquello que tiene más que ver con lo emocional, con el ida y vuelta, con la química que se produce entre un líder y su pueblo. Porque Alfonsín desde aquellos días de 1983 en que desde los afiches y en sus apariciones públicas saludaba con ambas manos unidas en gesto más que de triunfador deportivo en abrazo fraterno y abarcador, estableció con los argentinos una relación de comunicación propia de lo que se denomina carisma. Tras su paso por el gobierno de la República, con sus errores y sus aciertos – gestión de la que debemos estar más que orgullosos sus correligionarios, aún no compartiendo algunos aspectos puntuales - amado por sus más fieles seguidores y rechazado por sus más enconados adversarios, Alfonsín conserva sin embargo esa virtud comunicativa y carismática con la sociedad. Es que irradia esa simpatía campechana propia de los políticos de raza, que tanto escasean por estos tiempos, ese aire patriarcal y paternal que él mismo ha cultivado y aún cultiva hacia su pueblo, sentimiento sin duda unido a la circunstancia de que se lo siente un poco el padre de ese renacimiento de las esperanzas que significó el retorno de las instituciones democráticas que en el imaginario colectivo permanecerá por siempre unido a su figura.

Raúl Alfonsín, mucho más a partir del delicado trance en que estuvo en juego su propia vida, aparece ante todos los argentinos, aún frente aquellos que no comulgan con sus ideas, que no practican su mismo credo cívico, como un hombre de bien, un líder decente. Es que se lo ve como el último de los políticos de antes, como esos políticos de poncho o chalina al hombro, de gesto romántico y verba encendida, franco en la expresión, llano en el decir. Casi una curiosidad en estos tiempos en que abundan los “gerentes públicos”, los “referentes”, los “operadores”, los “estrategos”, los “candidatos mediáticos”, ropajes y denominaciones bajo los que se ocultan prestidigitadores, charlatanes, demagogos, tartufos, cholulos y mercachifles.

Raúl Alfonsín conserva la virtud de haber actuado honesta y decentemente, como un hombre absolutamente fiel a sus ideas. Alguien que supo hacer el enorme sacrificio dar un paso al costado en el momento oportuno, perdiendo la posibilidad de volver a ser votado (Él mismo ha bromeado: “Me quieren, pero no me votan”) pero ganándose el respeto unánime de una sociedad que lo constituyó en patriarca y modelo.

Finalmente, valga una anécdota absolutamente personal que sirve para ilustrar en parte el porqué del halo casi mítico que rodea su figura.

La afición por indagar en los recovecos de nuestra historia me ha brindado la hermosa oportunidad de trabar una agradable amistad con don Miguel Unamuno, director del Archivo General de la Nación, veterano de las lides políticas, devoto yrigoyenista y peronista histórico y sanguíneo. Tuvo una dilatada actuación en el mundo gremial bancario en el que fogueó su militancia resistente convirtiéndose en el jefe del peronismo porteño con el arribo del peronismo al poder en 1973, llegando a presidir la Sala de Representantes (Así se llamaba entonces el Concejo Deliberante) y a ser Ministro de Trabajo de Isabel Perón. Aquello le valió persecución y cárcel en la dictadura militar y con el retorno democrático de 1983, fue elegido diputado nacional por la Capital Federal, debiendo por ello cumplir el rol de oposición a la presidencia de Alfonsín.

Una afección pulmonar y otras nanas de los años le dan un falso aire de fragilidad que es rápidamente disipado cuando se advierte su pícara mirada y su socarrona voz de porteño piola, avezado en las fintas de la política vernácula y por ello, poco propenso a regalar elogios, ni a amigos y ni a adversarios.

Saliendo juntos del edificio que guarda gran parte de nuestra memoria nacional y que dirige casi de modo vitalicio (desde hace casi diez años con singular destreza y habilidad) y luego de haber comentado avatares de la vida radical pasada y presente, antes de despedirse y con gesto confidente, me miró y me dijo: “Ah Barovero, que se dejen de joder los radicales con Alfonsín...¡A fin de cuentas, fue el único que nos hizo morder el polvo a los peronistas!”.

Tal vez allí radique también parte de la leyenda del hombre que celebra en estos días ocho décadas de vida, muchas de las cuales lleva gastadas al servicio honrado de las mejores causas nacionales y democráticas.


Dr. Diego Barovero





El día 2 de abril de 1968, se realizo un acto relámpago en la esquina de 7 y 50 de la Ciudad de La Plata, en el mismo munido de un megáfono conectado a la batería de un coche, el Ex Diputado Raúl Alfonsin pronuncio un vibrante discurso atacando a la dictadura militar de Ongania ante mas de un centenar de simpatizantes. Como consecuencia del mismo, antes de llegar de regreso a Chascomus fue detenido en la Seccional Primera de La Plata. Se dice que en esa Seccional su hija Mara conoció a su futuro esposo, el hijo de Alconada Aramburú, por lo que bromeaba” las cosas que hay que hacer para conseguirle candidato a las chicas”

Años antes el 17 de noviembre de 1966, a pocos meses de la caída de Illia Raúl Alfonsín es detenido, luego de haber forzado la reapertura del Comité de la Provincia de Buenos Aires – sito en Moreno 2480 de la Capital Federal.

Cuenta el ex diputado nacional Victorio Bisciotti en un libro de anécdotas junto a Raúl Alfonsin, que Chiche Canata lo había contactado con un candidato a Intendente de una localidad correntina, “La Cruz” distante a 100 Km. de Paso de Los Libres, allá por los noventa.

Fagundez, así se llamaba el candidato a Intendente, fue objeto de la visita de Raúl Alfonsin durante su campaña, en un día de un terrible tormenta, con una verdadera travesía aérea, con caminos intransitables, en medio del temporal, del frió y del barro, allí estaba dándole a una mano a Carlos Fagundez quien tiempo después gano la elección.

Tiempo después Raúl Alfonsin, el día 17 de junio de 1999, sufrió un terrible accidente automovilístico, que lo puso al borde de la muerte, iba a la lejana localidad de Ingeniero Jacobacci en el oeste de Rio Negro, a hablar en un acto. Estuvo en el Hospital Italiano entre la vida y la muerte, con el apoyo y los rezos de muchos argentinos recuperándose de 9 costillas rotas y lesiones en el pulmón.

Raúl Alfonsin se dio el lujo de reaparecer meses después en un vibrante acto en la cancha de Estudiante de La Plata.

Quizás se escribirán en estos dias líneas y líneas reivindicando su liderazgo democrático, su gestión presidencial, sus dotes de estadista, estas humildes líneas prefieren destacar al verdadero político, al apasionado dirigente, al que como nuestros mejores próceres trajino y trajina los parajes más recónditos de la patria llevando el mensaje de la Unión Cívica Radical.


FELIZ 80 AÑOS y gracias RAUL ALFONSIN, el gallego, el viejo, el mas grande.

Dr. Gustavo Aramburu

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